En la mañana del sábado de Carnaval, el barrio San Roque, en el suroriente de Barranquilla, despertó con el sonido de los tambores y el eco de una tradición que se niega a desaparecer. A las nueve en punto, un grupo de visitantes ingresó a la Casa Museo del Torito Ribeño, hogar de la Familia Fontalvo, donde cada objeto y fotografía cuenta la historia de una danza con más de un siglo de resistencia.
Un legado que trasciende generaciones
Alfonso Fontalvo, actual director de la danza y cuarta generación de la tradición, recibió a los asistentes con relatos que tejían el pasado y el presente. A su lado, Diana Acosta conducía la conversación, guiando la memoria hacia los orígenes del Torito Ribeño, fundado en 1878 por Elías Fontalvo. Nacida como una respuesta a la exclusión de los niños en el Toro Grande, esta danza se convirtió en un símbolo de identidad y lucha.
Mientras el relato avanzaba, en el fondo de la casa, miembros de la familia se alistaban con sus trajes y maquillajes tradicionales: rostros pintados con corazones sobre fondo blanco, una marca inconfundible de la agrupación.
El ritual del cementerio: un permiso para danzar
A las once, la comparsa se dirigió al cementerio de Calancala para un acto simbólico de conexión con sus ancestros. Entre las lápidas de los fundadores, los tambores rompieron el silencio, despertando la memoria de quienes sembraron la semilla de esta tradición. No era un adiós, sino una petición de bendición para llevar la danza a las calles con su energía intacta.
El mensaje fue claro: la aprobación de los ancestros estaba dada. Con el alma ligera, el Torito Ribeño partió hacia la Vía 40, donde la música del Carnaval ya resonaba con fuerza.
Danza y tradición en cada paso
Cuando el primer tambor sonó, la magia se desató. Los congos mayores marcaron el territorio con pasos firmes, mientras los niños, disfrazados de toros, burros y tigrillos, aportaban picardía al desfile. Las negras, con sus faldas multicolores, ondeaban al ritmo de la tambora, en un baile que entrelazaba la vida y la muerte en un mismo latido.
El público aplaudía, los gritos de emoción se fundían con la música y la energía del Torito Ribeño quedaba impregnada en las calles. Más que una comparsa, esta danza es un pacto entre generaciones, un recordatorio de que la memoria, cuando se honra, nunca deja de bailar.


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