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Jueves Santo: el amor que se queda en silencio

El Jueves Santo marca uno de los momentos más sagrados del calendario católico. Es el día en que recordamos la Última Cena de Jesús con sus discípulos, donde instituyó la Eucaristía y nos dejó un mandamiento que sigue conmoviendo al mundo: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado.”

Ese amor no solo se dijo, se mostró. Jesús se arrodilló y lavó los pies de sus apóstoles, enseñándonos que el verdadero poder está en servir. En cada misa de Jueves Santo, este gesto se revive, y muchos fieles sienten que su fe se renueva desde lo más profundo.

Pero hay un momento especial que llega después: cuando el altar queda desnudo y en silencio. Es entonces cuando se prepara el altar de la adoración, también llamado el Monumento. Allí se reserva el Santísimo Sacramento y comienza una vigilia íntima, en la que los católicos acompañan espiritualmente a Jesús en su agonía en el Huerto de Getsemaní.

En muchas iglesias, este altar se decora con flores, velas y símbolos de vida. Es un espacio de recogimiento, donde el alma se encuentra a solas con Cristo. Un silencio sagrado lo envuelve todo, y quienes se acercan a orar sienten que el amor de Dios permanece, incluso en medio de la noche.

Este Jueves Santo, más que asistir a una ceremonia, estamos invitados a vivir una experiencia: la de un Dios que se queda con nosotros en el pan, que se hace servidor y que nos llama a amar sin medida.